Queríamos mostrar ese video por la situación que hoy estamos pasando todos los latinoamericanos, o todos los hombres y mujeres libres del mundo, frente a la agresión imperialista. En realidad, esa historia no es sólo sobre Chávez como persona, sino sobre lo que Chávez le planteó al mundo desde un poder institucional: que el capitalismo estaba acabado. Eso es fundamental, y eso es lo que el imperio sigue atacando. Desnudar al imperio es lo peor que le puede pasar.
Chávez fue prácticamente el único líder en el mundo que predicaba que el sistema capitalista estaba terminado. A diferencia de otros que, si bien avanzaron en procesos progresistas, nunca se atrevieron a cuestionar el sistema del capital.
Con esta introducción y frente a esta nueva desgracia para los pueblos —este avance furioso, asesino y terrorista del Estado norteamericano contra el conjunto de los pueblos—, queremos decir que esto no es un mensaje sólo para Venezuela, sino que es un mensaje para todos los pueblos del mundo que tengan intención de liberarse. Pero también, una muestra la debilidad del imperio en su proyecto global.
Hubo un tiempo en que el capitalismo, al menos, tenía un proyecto: prometía desarrollo y progreso. Hoy sólo ofrece muerte y muros. Eso es lo único que puede generar en su etapa más decadente. Por eso utiliza permanentemente la fuerza: es el único recurso que le queda para impedir el desarrollo de los pueblos.
Este es un eslabón más. Después, podríamos hablar de todos los procesos de lucha y de por qué no pudimos avanzar. En el caso de Venezuela, digo “pudimos” porque el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas participó durante varios años intentando romper la matriz productiva que el imperio había definido en la división internacional del trabajo.
Así como a los argentinos nos dijeron: “Ustedes tienen la vaquita, arreglense con eso”, a Venezuela le dijeron: “Ustedes tienen petróleo, no pueden desarrollar otra industria”. Esa era su matriz productiva. En un momento, el aumento del precio del petróleo —que pasó de 10 a casi 100 dólares— permitió que Venezuela pudiera implementar políticas sociales. Pero no hubiera sido igual con un gobierno de derecha, esos beneficios se los hubieran apropiado Estados Unidos y la oligarquía venezolana.
Ese ingreso permitió una política solidaria, no sólo hacia adentro sino hacia la región y el mundo. Chávez pensaba regional y globalmente. Por eso el apoyo enorme a Cuba y a otros pueblos. Fue un presidente que no sólo hablaba en la ONU o en el Mercosur, sino que se sentaba a hablar con los pueblos y las organizaciones, dentro y fuera de Venezuela. Decía que necesitaba aprender de todos y estar siempre junto a los trabajadores del mundo. Eso es lo que el imperio no va a perdonar nunca.
Tras la caída de los precios del petróleo y la desaparición de Chávez —cuya muerte aún no está del todo clara—, el chavismo se encontró con otra realidad: petróleo a 60 dólares, luego a 36 antes de la pandemia. Al no haberse logrado romper la matriz productiva, el Estado perdió recursos y la política comenzó a hacer agua. Independientemente de la voluntad del gobierno de Maduro, no podía generar las condiciones para que su pueblo siguiera consumiendo de la misma manera, los aumentos salariales o las políticas universitarias que había generado Chávez. Eso provocó una crisis económica y la migración de millones de venezolanos. No fue que “los chavistas se volvieron malos” ni que la derecha “se volvió loca”: fue un problema estrictamente económico y de matriz productiva.
Chávez tenía muy claro que había que romper esa matriz productiva, pero había dos grandes problemas. Primero, no existía una burguesía industrial con memoria productiva. Venezuela producía petróleo, aluminio, acero, pero no desarrollaba industrias aguas abajo. Vendía materia prima y compraba productos terminados. No se desarrollaron fábricas de botellas, de aluminio, de acero elaborado. Eso no era casual, era una orden imperial sostenida por los partidos hegemónicos antes de Chávez. Cuando se intentó cambiar, no había PyMES ni empresarios dispuestos a tomar ese desafío. Por eso se crearon las empresas socialistas, pero también apareció el problema de la burocracia y la falta de saber industrial acumulado.
A pesar de la voluntad política, los programas y el dinero, faltaba esa memoria industrial. Se intentó con universidades, con ministerios, con fábricas recuperadas de otros países. Se lograron avances, como Petrocasa y otras experiencias, pero el capital no perdona. Nunca olvida. Persigue cualquier intento serio de transformación.
La reconstrucción de símbolos
A veces, lo símbolos son más importantes que el petróleo. Por eso, destruir símbolos —como el mausoleo de Chávez— puede ser más importante. El objetivo es transformar el chavismo en algo vacío, sin contenido revolucionario, como hicieron con el peronismo tras la dictadura.
En Argentina hace mucho que la memoria de lucha está lejos de nuestro pueblo y más de la juventud. La dirigencia se encargó de ver cómo ocupaba lugares y discutía sólo la distribución de la riqueza, desde los sindicatos con los salarios, hasta nuestras organizaciones por un plan, sin un proyecto colectivo para cambiar el sistema.
A los y las jóvenes hay que decirles que busquen, que se organicen, que creen nuevas organizaciones si no las encuentran. Así fue la resistencia peronista, así fue la recuperación de la organización popular a partir del año 92.
Hoy los medios instalan mentiras, manejan el sentido común, y nuestro pueblo muchas veces queda desarmado. La semilla de rebeldía está, especialmente, en los jóvenes, pero hay que construir organización real. Las discusiones tienen que ser más profundas. No alcanza con la bandera o el cartel: hoy los jóvenes exigen más.
Tenemos que ser claros a qué los convocamos. No los convocamos al desastre: los convocamos al futuro. A debatir cuál es la salida de la humanidad de este sistema que te oprime, no te contiene ni te va a contener. Aunque al principio pueda gustarte un poco de lo que te dan para consumir, nunca va a llenar lo que llena ser parte de un colectivo: ser parte de un pueblo, de una patria, de una humanidad que avanza y no retrocede como lamentablemente nos está tocando vivir hoy.
Vasco Murúa
07 de enero del 2026, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
